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5 abr. 2016

El jueves no puedo

Era ese jueves donde las cosas iban a resolverse para bien, o para mal. Ambos iban a encontrarse a hablar de todo eso que no se habían dicho, pero que mantenían en su interior. Era lo necesario, hablarlo, sacarlo, entenderse o entenderlo; y ver si la relación ameritaba una continuidad o, por el contrario, permitía su tranquila y pacifica disolución.

Es impresionante la cantidad de cosas que se pueden acumular, y se pueden no hablar, y se pueden digerir en unos meses. Él —el que conozco— mantenía un rencor que se asemejaba al absurdo. Y no podemos negarlo; es quizá hasta lógico que sintiera eso porque, ¿no es acaso un amigo, aquél con el que se puede contar, en todo momento y lugar?, ¿no es aquél, que de ser necesario, hablará y repetirá las cosas hasta el cansancio con tal de que no hayan malos entendidos?, ¿no es aquél —pregunto porque ignoro— que mantiene sus promesas; más cuando estas rezaban: «nunca nos aislaremos del grupo antes de hablar las cosas»?

Es compleja —la amistad— como concepto, como entidad y como institución. Es compleja, robusta, confusa, revelde e independiente. Es sincera y llena de blancas mentiras. Es un millar de cosas.

La cuestión era que ese jueves las cosas se iban a hablar, y para bien o para mal se solucionarían. Ese jueves iba a ser el inicio de lo que habrían de convertirse en una sesión de charlas. Porque no era solo él —el que conozco—, quién mantenía rencores escondidos, y dolores sobreexpuestos; él es tan solo uno de esos que sufren en silencio, y crean demonios en las penumbras de lo que se creé decir, pero nunca se dice. Uno de los tantos que se enojan, refunfuñean y putean ante la ignorancia de lo que el otro siente... era uno más de esos tantos que habían.

Ese jueves no se juntaron a hablar. El otro no respondió; mostró el desinterés que se esperaba, y nunca apareció para hablar. Ese jueves no hablaron, y por tanto, nunca más lo harán.

Si no quiere ya fue me parece. No voy a rogar juntarme con él.