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15 abr. 2015

Sábado de re-encuentro

Nuestras brazadas, con el paso del tiempo, más y más desesperadas embrutecían el oleaje de aquel mar rojo. La sangre de cientos de nosotros se desperdigaba meticulosamente por debajo de las sales, y lo teñía todo. Aquellos pocos que logramos escapar de la embestida brutal quedamos atados a nuestra suerte en la tempestad de un mar sin riberas, rezando algunos por nuestras vidas, sucumbiendo al pánico otros; nadábamos sin aliento por nuestras vidas en direcciones tantas como puntos cardinales.

Aquellos de nosotros al sur corrimos la misma suerte que los primeros, y ensombrecimos las sales del mar con nuestra sangre. Aquellos que fuimos al norte fuimos los únicos que encontramos paz en la quietud de la tierra. No todos, algunos también perdimos contra el oleaje y dejamos de existir en la inmensidad del mar, azul en este caso; así también al este, y al oeste, al noroeste, y al noreste, al sureste y suroeste; y al sur-sureste y sur-suroeste, y nor-noreste y nor-noroeste; y este-sureste...

Álvaro gritaba es desconsuelo tras la muerte de su hijo en manos del oeste-suroeste, y conjuraba males a los mares, y lloraba lágrimas tan o más saladas que las sales del Mar Muerto. Mal de muertos este mar, que seguía lentamente como lamento de algún egipcio, tiñendo de miedo color rojo las arenas sobre la orilla de nuestra pequeña isla salvadora. Y Gonzalo con entumecidas piernas y adoloridos brazos se soltaba a la merced de su angustia y perdía la mirada en si mismo y sentía nada. Nada sentíamos muchos, pero fue Gonzalo el primero en sentirla, y el primero en dejarla y morir en silencio con los ojos abiertos y la mirada perdida en uno.

Aquellos pocos que logramos sobrevivir a la brutal embestida, y logramos sobrevivir a la crueldad de las saladas olas, y logramos sobrevivir al sur, y logramos sobrevivir a nuestra cuerpo, y a sus fallas, seguimos camino por aquella isla salvadora en búsqueda de algo que nuestras mentes no lograban concebir pero nuestros corazones no querían perder.

Caminamos por tiempos alternados, con estupor, con miedo y con rabia. Nos matamos a golpes entre nosotros cuando las cosas no funcionaban. Y aún así algunos sobrevivimos a ello y llegamos aquí: a este lugar inhóspito, lleno de frías nevadas blancas, y ausente de toda vida que no fuera la nuestra. Nosotros: Javier, Martín, Nicolás, Camilo, Natalio, Esteban, Mauricio, Germán, Fabricio, Patricio, Valentin, Valentino, Hernesto, Gustavo, Andrés, Manuel, Tamuel, Matías, Guzman, Eduardo, Sebastián y Agustin.

Nosotros que logramos sobrevivir a la embestida brutal, a la sangre del mar, a las sales del oleaje, al sur, y a las riberas del norte, al este y al oeste, y a todas sus nefastas combinaciones; que sobrevivimos a  nuestros cuerpos, nuestras almas y nuestras mentes. Venimos aquí a esperar la muerte, con la desesperación propia de aquel que sabe le quedan días, con la fatiga de vernos uno a uno perecer, y saber que alguno será el último.

Sabemos que ni uno de nosotros logrará sobrevivir a la tempestad de nuestra vida. Suponemos el último se irá en tres días; si no nos equivocamos: un sábado.