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8 abr. 2015

Natalia

«Sos un ser tan desagradable que más vale cruzarte muerto en esta vida, si es que hay que cruzarte» le susurré al oído mientras dormía, y el cuchillo que mantenía sobre su garganta tembló en mi mano.

«¡Sos un asco de gente, lo que haces y decís merecen que sufras! No se me ocurren ya maneras de como matarte, todas parecen tan honestas. Merecés la vida eterna de sufrimiento. ¡Pero te quiero muerto!».

Mi pelo rubio le hizo cosquillas en el rostro, y se acomodó dormido.

Mi mirada perdida en la oscuridad de la habitación se nubló, aún en la oscuridad, con lágrimas saladas llenas de odio y tristeza.

Dejé el cuchillo sobre la mecedora y me dediqué a verlo dormir. Hasta dormido resultaba desagradable. 

Una vez más me hundí en este odio desgarrador, le permití abrazarme y destruirme como tantas otras veces. Y en lo que no fueron más que segundos: en un acto de pasión; tomé el cuchillo con las manos y lo hundí en su tibia carne fresca.

Sus ojos se abrieron con mezcla de espanto, dolor y sorpresa. Pero duró poco su mirada enfocada en la mía. Mi golpe había sido certero y le atravesé el corazón de lado a lado produciéndole una muerte casi instantánea.

Me tambaleé con pasos perdidos y me dejé caer sobre el peso de mi cuerpo. Mis manos aún temblaban. La sangre formaba lagos sobre el piso de madera, y ensuciaba mi blusa blanca con pequeñas motas carmesí. Mis labios tensos evitaban formar la sonrisa que afloraba en mi pecho.
Su cuerpo aún tibio estaba rígido y un tanto cómico en esta eterna inexpresividad de su rostro. En la mueca de su boca podía leer mi nombre.

«Te prefiero muerto» volví a susurrarle. Y con el orgullo que me caracteriza, salí de la habitación sin vergüenza alguna. Una satánica sonrisa comenzaba a formarse, y por primera vez en mi vida creo que fui feliz.